Feliz, feliz, feliz
Un año más de vida y llena de bendiciones con mi familia y amigos, pero sobre todo contigo Vida, me haces muy feliz. Gracias por estar en mi vida cada día. Te amo
Adidas finally launched a project that had been years in development; SPEED_CELL. Tailored specifically to football (the soccer veriety), and with backing from players Lionel Messi, Dani Alves and Gareth Bale, Adidas looks to bring professional-grade fitness analytics to the general football-playing consumer, helping them adapt and improve their game by better understanding how their fitness impacts it.
(via emergentfutures)
El Guardián de Caracas
There is no question that liberal-arts education in the 21st century needs to re-examine both its definition and its scope. While many people assume that the humanities are firmly and solely centered at its core, many others ask: Is that still the case? How would liberal-arts education look if science played a more prominent role?
At a recent symposium at Boston College’s Institute for the Liberal Arts, a panel of experts from the sciences and the liberal arts explained, from their perspectives, why science matters at a liberal-arts university.
Their arguments seem beyond dispute: It matters because knowledge of science is necessary for an understanding of global warming and species extinction, of the causes and history of human violence, of the ways in which humans alter the natural course of evolution, of the ways in which technology and digital media shape our access to information and to each other, of how technology informs our decisions and influences public policy, of the misleading use of statistics, and of our access to big questions about the nature and origins of the universe.
The most important answer to the question, however, is simply this: Science matters at a liberal-arts university because the problems facing our global community will not be solved by scientists alone.
» via The Chronicle of Higher Education (Subscription may be required for some content)
(via techspotlight)
Un año más de vida y llena de bendiciones con mi familia y amigos, pero sobre todo contigo Vida, me haces muy feliz. Gracias por estar en mi vida cada día. Te amo
JUAN JAIMES, ISABEL MARCHEZAN Boston (MA), Estados Unidos vía www.terra.cl
Amy Webb, presidenta ejecutiva de la consultora de estrategia digital Webbmedia Group y experiodista de Newsweek y Wall Street Journal, analizó en la convención de medios ONA 2011 las principales tendencias…
Sobre Caracas, la mal querida por algunos y la deseada por otros.
Gabriel García Márquez .- La primera vez que la oí nombrar fue en una frase de Simón Bolívar: La infeliz Caracas. Desde entonces, pocas veces la he vuelto a oír nombrada sin que vaya precedida de ese antiguo prestigio de infelicidad. Al parecer, su destino es igual al de muchos seres humanos de gran estirpe, que no pueden ser amados sino por quienes sean capaces de padecerlos.
Desde aquella remota frase de la escuela primaria, Caracas ha sido siempre para mí algo muy parecido a una obsesión. En el pueblo donde nací, que también tenía algo de infernal y no sólo por su calor de infierno, uno se encontraba a Caracas en el agua y la sal. Era un refugio de expatriados y apátridas del mundo entero, pero existía una categoría aparte, mucho más nuestra que las otras, que eran los fugitivos del infierno de Juan Vicente Gómez. Ellos me dejaron a Caracas sembrada para siempre en el corazón, a veces por los horrores de sus cárceles, y a veces por la idealización de la nostalgia. Era difícil ser feliz pensando en Caracas, pero era imposible no pensar en ella.
Nadie me enseñó tanto sobre esa ciudad irreal, como la gran mujer que pobló de fantasmas los años más dichosos de mi niñez. Se llamaba Juana de Freites, y era inteligente y hermosa, y el ser humano más humano y con más sentido de la fabulación que conocí jamás. Todas las tardes, cuando bajaba el calor, se sentaba en la puerta de su casa en un mecedor de bejuco, con su cabeza nevada y su bata de nazarena, y nos contaba sin cansancio los grandes cuentos de la literatura infantil. Los mismos de siempre, desde Blanca Nieves hasta Gulliver, pero con una variación original: todos ocurrían en Caracas.
Fue así como crecí con la certidumbre mágica de que Genoveva de Bravante y su hijo Desdichado se refugiaron en una cueva de Bello Monte, que Cenicienta había perdido la zapatilla de cristal en una fiesta de gala de El Paraíso, que la Bella Durmiente esperaba a su príncipe despertador a la sombra de Los Caobos, y que Caperucita Roja había sido devorada por un lobo llamado Juan Vicente el Feroz. Caracas fue desde entonces para mí la ciudad fugitiva de la imaginación, con castillos de gigantes, con genios escondidos en las botellas, con árboles que cantaban y fuentes que convertían en sapos el corazón, y muchachas de prodigio que vivían en el mundo al revés dentro de los espejos. Por desgracia, nada es más atroz ni suscita tantas desdichas juntas como la maravilla de los cuentos de hadas, de modo que mi recuerdo anticipado de Caracas siguió siendo el de siempre: la infeliz Caracas.
Todo esto lo pensaba el 28 de diciembre de 1957 – día de los Santos Inocentes, además – mientras volaba desde París hacia Caracas en los aviones de cuerda de aquella época, que tanto tiempo daban para pensar.
A pesar del calor, del fragor del tránsito en las autopistas de vértigo, de las distancias cortas más largas del mundo, yo iba reconociendo a cada vuelta de rueda los sitios familiares de mi infancia desde que atravesé la ciudad por primera vez. Identificaba en las laderas escarpadas las cabañas de colores de los enanos, los dragones de candela, la torre del rey, y una edificación luciferina que sólo por su nombre sobrepasaba de muy lejos a todos los horrores del mundo infantil: El Helicoide de la Roca Tarpeya. Recuerdo que al verla por vez primera, asomada a su precipicio mortal, volví a recordar: La infeliz Caracas.
Mi primer domingo en la ciudad desperté con la rara sensación de que algo extraño nos iba a suceder, y la atribuí al estado de ánimo que me había inspirado con sus fábulas doña Juana de Freites. Pocas horas más tarde, cuando nos preparábamos para un domingo feliz en la playa, Soledad Mendoza subió de dos zancadas las escaleras de la casa con sus botas de Siete Leguas.
-¡Se alzó la aviación! – gritó. En efecto, quince minutos después, la ciudad de abrió por completo en su estado natural de literatura fantástica. Los caraqueños habían salido a las azoteas, saludando con pañuelos de júbilo a los aviones de guerra y aplaudiendo de gozo cuando veían caer las bombas sobre el Palacio de Miraflores, que para mí seguía siendo el Castillo del Rey que Rabió. Tres meses después, Venezuela fue por poco tiempo, pero de un modo inolvidable en mi vida, el país más libre del mundo. Y yo fui un hombre feliz, tal vez porque nunca más desde entonces me volvieron a ocurrir tantas cosas definitivas por primera vez en un solo año: me casé para siempre, viví una revolución de carne y hueso, tuve una dirección fija, me quedé tres horas encerrado en un ascensor con una mujer bella, escribí mi mejor cuento para un concurso que no gané, definí para siempre mi concepción de la literatura y sus relaciones secretas con el periodismo, manejé el primer automóvil y sufrí un accidente dos minutos después, y adquirí una claridad política que habría de llevarme doce años más tarde a ingresar en un partido de Venezuela.
Tal vez por eso, una de las hermosas frustraciones de mi vida es no haberme quedado a vivir para siempre en esa ciudad infernal. Me gusta su gente, a la cual me siento muy parecido, me gustan sus mujeres tiernas y bravas, y me gusta su locura sin límites y su sentido experimental de la vida. Pocas cosas me gustan tanto en este mundo como el color del Avila al atardecer. Pero el prodigio mayor de Caracas es que en medio del hierro y el asfalto y los embotellamientos de tránsito que siguen siendo uno solo y siempre el mismo desde hace 20 años, la ciudad conserva todavía en su corazón la nostalgia del campo. Hay unas tardes de sol primaveral en que se oyen más las chicharras que los carros, y uno duerme en el piso número quince de un rascacielos de vidrio soñando con el canto de las ranas y el pistón de los grillos, y se despierta en unas albas atronadoras, pero todavía purificadas por los cobres de un gallo. Es el revés de los cuentos dehadas: la feliz Caracas.>
Ayer compramos una lámpara hermosa, ya saben una cosa espontánea de esas mías, sin planificación, puro antojo. A pesar del que te conté…
Sabía lo que se le venía y como pudo lo toreó, no quería subir al 2do piso de la tienda, las palabras “lámparas y bellas” de repente estaban fuera de su diccionario.
Hoy temprano, la fiebrua se paró a ver la nueva adquisiciónn técnicamente como dirían los gringos “to stare at it”.
Finalmente el hombre se levantó a hacer lo que la sociedad indica es su rol de hogar.
Alrededor de 2 hrs y media de sudor andando, patadas tiradas y alguna grosería la lámpara quedó montada.
Quedó bella, unos detallitos aquí y allá, pero yo incapaz de decirlo, él solito lo señaló. Pobre…
Yo feliz con mi lámpara, él feliz de no tener que escucharme hasta dentro de unos 3 meses con el nuevo antojo.
Gracias cielo, te amo
6. Los cocuyos no son un insecto, se usan, en especial bajo la lluvia
7. Dejar salir es entrar más rápido. Reny y la Cultura Metro no han desaparecido
8. En la cola musiquita pa’ que te tengo
9. Frases favoritas: buenos días, buenas tardes, buenas noches, por favor y gracias
10. Buenas caras que regalen sonrisas
#APÚNTATE
1. Colocarse el cinturón al entrar al carro
2. Poner la luz de cruce no cuesta nada
3. Al volao dejarlo pasar. Yo voy en la cola feliz
4. El hombrillo es un hombro pequeño, por ahí no pasan carros
5. Modo voz y walkitalki mientras manejo
#APUNTATE
Total que los periódicos siguen siendo transmisores de cultura y representaciones socializadoras, para bien o para mal.
Y aquí estamos en la sala BOD-CORPBanca unos cuantos mortales escuchando a Gerry Weil, dejándonos llevar por su música y su maestría, es un libro abierto, comparte con cada pieza su motivación, nos enseña sobre Telonius Monk, nos acerca a Lennie Tristano excelente pianista aunque no suficientemente reconocido.
La sala se volvió de repente un salón de clases, donde como dijo Gerry, el tema principal es el amor… “La música como una manifestación de amor”.
Cada título de las canciones presentadas cuenta una historia entre amigos, de familia, sobre el país y la vida.
La alineación de esos tres planetas Gerry, Nené y Gonzalo nos llevaron de las butacas a la jungla, luego nos montaron en el expreso polar, de repente estábamos en el Ávila, nos bajaron en caballo, probamos la libertad de Francia y de repente nos encontramos ante una inmensa mar hablando de nuestras vidas.
En mi cabeza, hay eco, de artículos y libros leídos, escenas comentadas, imágenes en negativos selladas en el recuerdo, evoco letras, invento otras para ponerle a cada canción.
Y todo esto a partir de pedacito de papel periódico con una agenda cultural.
Empecé hablando del periódico, realmente pensé en su importancia para la cultura y el accionar cultural de una sociedad, pero realmente conté mi experiencia en el festival de jazz en La Castellana, en resumen: una delicia.
Terminó el concierto y sólo puedo decir que tengo ganas de caminar la ciudad de embriagarme de ella y levatarme el domingo y en medio de una arepa y la buena prensa comenzar una nueva aventura de música y letras.
Ahora a escuchar a Gerry Weil
Crónica de la cultura urbana Caraqueña (de algunos).
Gregorio Montiel Cuppelo abre el Festival de Jazz de este año con el título de este post. Y me dejó pensando…
Claro que aún se lee periódico, sólo que por razones y búsquedas de información particularmente relevante para “particulares”, es decir para mí, para ti, para cada uno, no para todos.
De este festival se habla en la prensa, de la movida cultural urbana nos enteramos por la prensa (ahora en sus diferentes formatos), el olor de la agenda cultural de Caracas… (Cont…)